Necesaria

30/Junio/2008

Premonición

Archivado en: Poemas — Gustavo Camacho @ 2:22 am

Su tapado rojo de nervios,
la distinguía en el atiborrado
escenario del bar el sábado
a las cinco de la tarde.

Adiviné que me diría:
“-Sinceramente no me gusta sincerarme…”
Luego, ya no habría de escuchar
sus palabras sin garantías.

Decidí marcharme antes que sus ojos
distinguieran mi mejor camisa.

Luego, no he vuelto a verla.

Luego de estas palabras,
dejaré de recordarla.

Al menos es
lo que presiento.

  

27/Junio/2008

Misterio

Archivado en: Breves — Gustavo Camacho @ 12:00 am

//www.flickr.com/photos/el_memo/2594888899/

Acaso su sonrisa
sólo signifique
una íntima victoria
que ignoraré
por siempre.

26/Junio/2008

Galletitas

Archivado en: Breves — Gustavo Camacho @ 12:00 am
//www.flickr.com/photos/miss_pola/

En la parada,
me regaló un paquete verde
de galletitas
con sabor a manzanas
y algunos besos.

Mansa y sana
siguió sonriendo
tratando de divisarme
entre los pasajeros
del omnibus
que se alejaba.

23/Junio/2008

Desvelado

Archivado en: Breves — Gustavo Camacho @ 8:00 pm
Tags:

Bostezo y bostezo
y detrás de las paredes,
me acecha la arrogancia
del ímpetu sexual
de mis nuevos
vecinos.


22/Junio/2008

Convicciones

Archivado en: Breves — Gustavo Camacho @ 7:40 pm

Cambiaré de parecer
esta misma tarde.
En esta misma ciudad,
que se viste emplomada
y se aburre de si misma
esta misma tarde.
Tarde como la de tantos días
en los que llueve.

17/Junio/2008

Perra vida

Archivado en: Poemas — Gustavo Camacho @ 8:00 pm
Una anciana con su perra vida,
entiende de una sola vez a la vez
que sobre el armario del desconsuelo
sólo reposan las miradas ciegas
de un pasado que no vuelve
al evocarlo por capricho y antojo
o al retenerlo en la insana cobardía
o en la negación de aquel portazo
que aún retumba en sus oídos
taponados por la dejadez.

Entonces toma un crucigrama
y su sombrero de verano.
Pone a la perra su correa
y va caminado sin atajos
hasta la plaza.
Allí en la plaza,
se sienta frente a mi en el banco gris
y desvergonzada me muestra su entrepierna.

Desorientado pero animado
pienso en que tengo una nueva razón,
para ir hasta el bar a tomar una cerveza
y para postergar el argumento de mis quejas.

16/Junio/2008

Adoquines

Archivado en: Poemas — Gustavo Camacho @ 3:32 pm

Y sobre el día de los días,
los minutos se arrastran hasta caer
mustios y disipados,
sobre los adoquines de hielo
de una calle que se inclina insolente.
Hacia los costados empinados
y por donde se despeñan transeúntes
se escurren las laderas mugrosas
de un precipicio sin vértigo.
Alguien de traje azul, se acuclilla.
Arranca un adoquín con sus manos
y lo arroja contra la vidriera.
Algunos se incorporan y roban
los maniquíes y sus ropas.
Otros roban un lavapies automático.
Otros un televisor para ciegos
o para sordos o para mudos.
Luego, todo se derrumba
y el destino inevitable
ya no tiene futuro.

…y el destino inevitable
ya no tiene futuro.

…y el destino ya no tiene futuro.

15/Junio/2008

Un día especial

Archivado en: Poemas — Gustavo Camacho @ 11:00 am

Hoy mi hija me despertó
con el desayuno preparado,
con una polera de regalo,
con una carta sentida.

Hoy mi hija me ha deseado
un Feliz día del Padre
y me ha dicho:

“-Papá, me caes bien…
si no fueras mi papá,
me gustaría que lo fueras.”

Hoy mi hija me ha hecho feliz.

Hoy festejo el décimo día del padre
y tengo la entera sensación
de estar haciéndolo bien.

Hoy es un día especial.

4/Junio/2008

Ojos en los pies

Archivado en: Relatos — Gustavo Camacho @ 1:44 pm

El sueño era sueño de viernes. Sueño después de una semana con actividades de semana a semana, rutinarias y cansadoras. El frío se despedía de un mayo quedándose en el anden para tomar el tren de junio de otoño, en una Buenos Aires agitada y silenciosa.
Un corte de luz. Una vela encendida en el departamento de la soledad de una anciana que no sopló la vela antes de dormirse para siempre, por si acaso le venían ganas de ir al baño a mear en la madrugada. Por desgracia las ganas de mear no le vinieron y el fuego se comió el pabilo y la cera de la vela. Luego el mantel. Luego la mesa de madera vieja. Luego todo lo demás. Las manos del fuego y la mordaza del humo, se consumieron también a la anciana y a su perro.
No satisfecho, el humo ansioso, salió a los palieres y aprovechando cualquier rendija se coló a otros departamentos. Uno de ellos, y sólo dos pisos más arriba, velaba el sueño de mi niña. Eran las 5.30am del sábado 31 de mayo. Hora en la que el sueño con todo su peso se desploma sobre las camas. Temprano para despertar. Tarde para conseguirlo.
Hay sueños livianos. Son esos sueños de los que siempre se reniega. Esa forma de dormir en vilo que nunca consiguen un descanso pleno y por el que siempre se reniega. Como siempre ha renegado la madre de mi niña. Patricia se llama. Patricia es el nombre de la mujer a la que he amado hasta lo indecible, pero que nunca fui capaz de manifestarlo de tal forma que aún nos permita permanecer juntos. Tampoco fue de tal forma como para que aún pueda ser ese mi deseo. Pero eso no viene al caso.
Patricia, no tiene solo el sueño liviano, sino también una obsesión por los olores. Eran las 5.45am y se despertó sobresaltada. Sus ojos pronto dieron cuenta de una visibilidad reducida y su olfato detectó el visitante letal que ocupaba, junto con ella y mi niña, el departamento. Reaccionó con la velocidad del instinto y sujeta a un coraje que no le conocía, despertó a mi niña, tomó unos abrigos, tomó aire o lo poco que quedaba de el en el ambiente, abrió la puerta y sin dejarse ambas, inhibir por el humo denso y la visibilidad nula, se echaron escaleras abajo para escapar sin otra garantía que el deseo de salvar sus vidas. Bajaron los escalones sin saltearse o trastabillar en ningún peldaño. Nada podía verse. Pero los pies autómatas, guiaban con precisión los pasos. El ambiente era irrespirable. Solo la convicción de la supervivencia las precipitó hasta la calle. Ambas lo consiguieron.
Luego la ciudad y el frío y los gritos de los vecinos.
Luego la calle y el frío y apenas unas medias.
Luego caminar sin rumbo y el frío que ahogaba la sirena de los bomberos y la policía.
Luego subirse al auto, las llaves en el bolsillo del abrigo, y el frío, y andar sin destino por calles que resguardaban otros peligros. Luego el edificio donde viven unos amigos y el frío, y el timbre sonando en esas horas que solo presagian una desgracia.
Luego el cobijo de Pascual, Mercedes y su hija, compañera y amiga de mi niña.
Poco a poco la calma y el llanto y la prisa por contarlo y el teléfono para avisarme.
Acababan de salvarse.
Acababan de parirse una a la otra.
Acababan de inaugurar un nuevo vínculo, cómo si el amor de madre e hija no les bastase.
Me uní tan pronto como pude para abrazarlas, para llevarlas a un hospital en el que nos dirían que milagrosamente no se habían intoxicado en los muchos minutos que habían inhalado el humo asesino. Luego el sábado último de mayo y la dulce voz de mi hija aseverando:
- Papá, fue como si tuviésemos ojos en los pies. –y su madre asintiendo con la cabeza, segundos antes, de dormirse ambas en mi cama. Lejos de olor imborrable, de los restos del infierno, de los ruidos de los vecinos que como hormigas restauran su hormiguero. Cerca de un recuerdo que permanecerá por mucho tiempo manifestándose como todo temor que siempre vuelve.

Porque ser agradecido es siempre una virtud y en la cuenta de que no soy de quienes son asistidos por la fe, voy a hacerlo asi:

Gracias Patricia por tu rápida reacción, por tu sueño liviano, por tu obsesión en el olfato y por sobre todo por todo el amor a nuestra niña.

Gracias hija por tu existencia, por tu voluntad vital, por tus enseñanzas sobre el amor y por sobre todo por tu enorme valentía.

Gracias a ambas por continuar en mi vida.

26/Mayo/2008

Sutilmente

Archivado en: Poemas — Gustavo Camacho @ 6:32 pm

Ya las estridencias del abrazo, habían superado el encuentro
y tenuemente el agobio comía la prisa de mi paciencia.

El color traslúcido del esperarla relativizaba su voz
y el eco de sus anécdotas rebotaba lejos de mis oídos.

Quien había partido no había vuelto al andén.

Las ratas disfrazadas de palomas engullían las migajas
de nuestros pasos cruzando en diagonal la plaza.

De su mano la noche comenzaba a ser noche al fin
y en principio debía hallar sutilmente un adiós irrevocable.

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