Según pude ver,
los hombres
y mujeres
y niños
bajaron en silencio,
de uno en uno,
sin demasiado interés.
El blandía su arma
con imprecisión
y nerviosismo.
No gritaba.
Era evidente
que ese era
su viaje inaugural.
El chofer
hizo un movimiento
algo precipitado
y él, sin más,
disparó
una vez…
y otra vez.
Salió ensordecido
caminado hacia atrás.
Un policía
gordo y desganado,
lo tomó por la espalda,
le quitó el arma
y lo llevó consigo.
El chofer,
murió minutos después.
Los hombres,
mujeres y niños
se fueron en silencio,
de uno en uno,
sin demasiado interés.
Una ambulancia
trajo a quienes
retiraron el cuerpo.
La ciudad
no se detuvo
ni un instante,
como siempre.
Desde mi ventana,
miré una vez más
la avenida que
se recaotizaba.
Me dispuse a dormir,
con la certeza de
que tendría,
un mal sueño.
No tuve abuelos en mi,
por lo tanto poco puedo saber
de cuánto un barco se mece desde aquella lejanía hasta ésta.
De cómo ese barco es una pequeña Babel que une y luego, desune y une.
De porqué el dolor del destierro es un dolor que nunca cesa.
De cuál marrón es la nueva tierra llana que se pierde en el mar marrón.
No tuve abuelos en mi,
por lo tanto poco puedo sentir
la extensa mirada de los recuerdos en la distancia.
La lengua nueva o la lengua vieja que se resiste, deforma y forma.
Lo inmediato que se construye para aliviar el agobio de cada día.
El sabor del arrebato que consume el sueño y mitiga las promesas.
No tuve abuelos en mi,
por lo tanto poco puedo callar
la furia de no saber que esperaron poder y no pudieron.
La verdad que no es verdad sino la realidad mas llevadera.
Lo que nos hace hiedra trepando muros evitando asir la tierra.
El sonido de las olas que no arriman el mensaje que no trae una botella.
No tuve abuelos en mi.
No los tuve,
qué pena.
Me entristece la corta edad del mendigo
que hace un aro con su mano a través del vidrio.
Aunque no cedo, a su pedido, me pregunto:
-¿Acaso tiene caso cambiar algo?.
-¿Acaso su destino será mejor que el mío?.
Sonríe me hace un guiño y camina
con el mismo aro de sus manos, hacia donde omito.
Volveré algún día a plantearme esto
pero ya estaré seco de sensiblerías y arremeteré.
Nuestra suerte se precipitará en un chasquido
y nuestros huesos y músculos, rotos y esparcidos.
Un aro de sombra nos empatará y abarcará
y cada casa quedará habitada por similares ausencias
y habrá quién llore y quién siquiera nos recuerde.
Cenizas del fuego que siempre funde
se mezclarán con la tierra del silencio,
y no llegaré más a aquella esquina,
y no veré ese aro que me entristece,
y no me preguntaré nunca más por la suerte.
Adivino que hemos nacido de igual forma
e igual y simultáneo será nuestro último designio.
Me invento a cada momento un motivo,
rememoro, recurro, reservo y recupero
una nueva, aunque reconocida, causa
que me permita un paso más.
Hay oscuros pasajes y envenenados olores,
curvas circulares y cruces sin barreras
sobre los cuales es imposible llegar a nada…
sobre los cuales es imposible volver.
Es demasiado tarde para proseguir e
igualmente tarde para desandar las causas.
Nada puedo hacer cuando no sé cómo,
ni dónde, ni porqué, ni cuál, ni cuánto.
Ayer se detuvo el viento que me llevaba,
no encuentro nada real en lo contiguo,
no me importa si el silencio otorga,
no puedo comprender ningún argumento.
Hoy extraño el eco de tu fastidio,
el clima de tu enojo evidente y tenso,
la rota calma de tu aparente sosiego
y la inolvidable acusación de tu fracaso.
Mañana moriré por olvidarme cómo retornar
y me fundiré en tu ignorancia, en tu desmemoria.
No encontraré ya qué decirme,
ni con que engañar esta falta de sentido.
Así será desatinado, desamorado, mi destino.
Llegó con la forma de un ejercito
quemando aldeas y matando niños.
Los hombres fueron muertos sin oportunidades
y también vejadas las mujeres murieron.
No hubo ojos desolados espectando,
ni voces gimientes crepitando en el fuego,
ni cronistas morbosos fotografiando la barbarie,
ni muerte inútil, ni afueras con libertades.
Era la vida el gran suceso inexplicable.
Mientras yo contaba las monedas,
esas pequeñas fracciones de poder
que me permitirían, otro mes, tener un techo.
Masas de cuerpos estrujados en una marcha manchada de rojo.
Mesas de sepelios de animales cuya carne conforma el banquete.
Misas de guardar para cuando no esté y para los que queden.
Mozas de buen cuerpo en el que el deseo jamás la servirá en el nuestro.
Musas de inspirar el temible deseo de saciar hoy, un mañana sin inspiración.
Masas de agua de llantos que riegan los jardines del sometimiento.
Mesas de leer para dejar claro el propio impedimento, la invalidez.
Misas de culparse por algo que sucedió sin nuestro consentimiento.
Mozas de mentes estrechas y tetas que no piensan pero cuentan.
Musas de no venir cuando necesito mitigar el tormento.
Masas de conquistas leves que miran vidrieras en un rito póstumo.
Mesas de teléfonos que no suenan ni sueñan la espera interminable.
Misas de requiem para aquel que dejo para los demás un pedido de perdón.
Mozas de bares de copas que no borran besos malditos.
Musas de zonas rojas para el placer de tener dinero para el placer.
Matriz medio miserable mostró mucho desamor.
Mujer movilizadora mintió, menos mal.
Marché mesurado, misterioso, motivando muy a mi pesar
ambas ausencias.
Entonces vivía allí donde se desprecian los infiernos.
Me internaba en mis pesadillas para romper los estigmas
mientras en la antesala del crecimiento la ceniza de un cigarrillo,
como una paloma, caía al piso y se desintegraba
manchando de plumas leves el zapato de un forastero
consignado a crecer hasta que entienda de qué forma
debe sumirse a sus raíces y respetar las tradiciones de su pueblo.
Mandatos inconcebibles en los que la desazón se mezcla furtivamente
con el deseo de los cambios necesarios a la hora de que conciernan
las diferencias de las muecas esquivas del conocimiento sobre los asuntos
mas inefables de todo asunto y de toda esperanza fuera de los límites.
Entonces vivía allí donde se desprecian los infiernos.
Solía ganar pasos a algunos trashumantes que se dejaban llevar
sin gracia ni estilo por los conductores homicidas que celebran navidades
a costa de la extinción de otros que nada saben de cristiandad o de lo divino
de la comedia o el drama o ambas cosas en un mismo instante, en ese instante
en que la paloma se precipita a un cielo cada vez mas inalcanzable.
Dormía sin descanso para volver al ruedo con un sarcasmo, obligado por
las circunstancias de un domingo sin gloria, sin penas, sin nada
que finalmente significara lo relevante de un valor que defina la importancia
de la deslealtad de la siniestra mujer que se internaba en mis besos
para doblegar mi fiebre y el olor nauseabundo de mi sueños
metidos unos sobre otros, como una interminable trenza de ignorancias.
Entonces vivía allí donde se desprecian los infiernos.
Hoy mismo recuerdo aquel tiempo como si no hubiera sucedido nunca.
Quizás mi mente es la que se encapricha en transitar esos olvidos
sobre tiempos que nunca fueron realmente y la mentira que se me antoja
sirva alguna vez para armar una verdadera historia elegida por fin y principio.
Ahora ya no vivo allí, no estoy en ese lugar sino que el lugar aquel
ha ido mutando sobre mi existencia hasta atraparme en éste bostezo.
Mis pesadillas no superan lo que cada día me sucede pero su indescifrable
mandato hace que crezca en éste sentido que cambia momento a momento.