Necesaria

30/Octubre/2007

Un grito. (Frustración)

Archivado en: Poemas — Gustavo Camacho @ 10:00 am

“El estudio de la belleza es un duelo en que el artista da gritos de terror, antes de caer vencido.” - Baudelaire

Ha pasado con prisa por su pasado de olvido
y cruzado los bosques de los símbolos
sin adquirir estigma mayor a la muerte
que por fin dará fin a su tragedia.

Ha ocupado el cuerpo equivocado y
tratado de persuadir una mente inútil
sin siquiera pensar en los acertijos
confusos con los que trató de evadir miradas.

Ha conservado por días una carta sin abrir
deseando que lo que allí se haya dicho
deje de enfermar a su mortal corazón
atravesado por idénticas pesadillas.

Ha lamentado las conquistas acaloradas
de toda aquella mujer que se atrevió
a saltar el cerco para acercar la velada
en la que cuidadosamente cultivó sus furias.

Ha alimentado con pobrezas sus miserias
hechas de desaciertos en el progreso
del tiempo que se alimenta de la vida
que no se subleva a una razón a corto plazo.

Ha entendido que también es perfume
el que desprenden las flores recónditas
aunque no supo donde encontrarlas y
tampoco tenga sentido para percibirlas.

Ha desoído el clamor de las infamias
que recitaban sus pasares y pesares
con la verdadera insolencia del necio
en el que se ha convertido por suerte.

Ha guardado un secreto doloroso
del que no pudo despojarse con el tiempo
que ha ocupado en escribir y leer
estas formas de plasmar lo que no elucida.

Ha caído en los amargos abismos de la mente
que hundida en una suprema visión
ya no le permitió ver la belleza
ante la que debió caer vencido.

Así y con tal indignidad dio por perdida
el alma del artista que se valió de su cuerpo,
gordo por la ansiedad oral de la frustración,
con el que cayo abatido sin suerte de sabiduría.

26/Octubre/2007

Una pausa

Archivado en: Poemas — Gustavo Camacho @ 11:21 am

     Nuestra memoria de emociones ya cuenta con un vasto antecedente. Recreo, en este espacio temporal de ausencia, algunos de los sonidos de tu sonrisa celebrando una ocurrencia significativa que no tenía evidencias en mis historias. El olor de tu perfume decora mis sentidos en las largas charlas, y como una especie de bálsamo encantador hace que te hable con atrevimiento y desvergüenza, y responda, sin sustento mayor que la improvisación, algunas de tus formas de escudriñarme con el afán de elucidar esa forma de ser de la que me desprenderé en la misma confesión.

     Puedo notar aquí y allí la niebla de algunas dudas y misterios que espesaron el ambiente con discusiones de sostén. Algunas partidas involuntarias e invitaciones a dejar, sin más, tus espacios despojándome de quién sabe qué liturgia de placer. También algunas ganas de irme aún cuando quedarme era lo oportuno. De crear un anecdotario no debería faltar un minuto de silencio y un duelo sentido para las lágrimas nuestras que ya no nos componían tras precipitarse por el pómulo henchido de sufrimientos replicados tan fidedignos como insuperados. Cuento también fojas de molestias que fijan precedentes y enojos manifiestos para inaugurar el crédito que necesita nuestra desbordante forma de sostenernos.

     De aquí en más repito espacios para tantos besos de esos, que de tanto besarnos no hacen sino gestar el reflejo de continuar por siempre utilizando estos labios que tenemos, como una mano que acaricia más y distinto y mejor que las manos inquietas que, a la vez y en el mismo instante de coordinación absoluta, nos repasan atrevidas y curiosas, para reconstruirnos en la memoria de los deseos que manifestaremos ausentes. Sonrío sobre lo que pienso negarte a saber ahora mismo, tal como si no diera curso a algunas sabidurías recientes que me sonrojan. También permito utilizar éstas letras para aquello que nos alimentó el cuerpo que, sustraído en el regocijo, sólo se nos fue por la boca de tantos besos.

     Miremos estas referencias en las que no nos parecemos a nuestros horizontes pero sí a nuestros deseos y ambiciones. Es curioso pero al principio algunas lluvias de nuestro primer otoño se empecinaron en repicar insistentemente, elevando de alguna forma nuestro frenético ritmo de presentaciones algo torpes, algo severas y por sobre todo muy sentidas. Una pausa para un beso. Otra.

     Sigamos entonces agregando evidencias del desparpajo con el que me atravesé de lado a lado en tu cama. ¿Invasiones o invitaciones?. En ésta página un cuadro especial para tu pijama de mis tentaciones y la inmensidad de lo que provoca y convida. Dejaré mi huella en todo tu territorio para que jamás lo ocupe nada menor, ni tan siquiera igual. Me abandono en el abandono del conocimiento temporario o provisorio. No responderé por quién haya sido hace siete días antes de que me modifiques por ahora. Dejare mis huellas en tus sábanas y nos procurare las horas de soñar en dormir justo al lado de quién descubramos a gusto, al despertarnos. Tampoco olvides agregar el ademán que, de mis manos, viene a sacudir el polvo de los tiempos en tus pliegues mezquinos, en tus celos y en tus sentencias. Vengo a patearte el tablero y dejo por ello aquí asentada la prueba de mi zapato.

     Están también de manifiesto las falencias que negamos y la eficiencia que deseamos, a saber del lado frágil de nuestras debilidades, algo así como una manía de poner énfasis en aquello que pende de hilos invisibles pero predominantes y que por cierto sabemos del deber de modificar. A no olvidar las provocaciones de toda estirpe en la que nos manifestamos al jugar a desentrañarnos para volvernos entrañables y extrañables. Así cómo ahora mismo me sucede mientras un autobús te lleva a este retiro. ¿Cuánto falta para que regreses?. Ni me lo digas. No ahora. Una pausa para los besos, un sino. Otro beso. Un futuro con el olvido que todo futuro toma y obliga. Una pausa… hasta hoy, interminable.

Raza 1210

Archivado en: Poemas — Gustavo Camacho @ 11:17 am

“No hay maravillas en las mentes.
Ambicionar solo lo que maraville
termina por ahogarnos en los indicios
de lo que dejamos correr bajo los puentes
desde donde nadie puede brebar
y el agua que se va no se detiene
en las cuentas de ninguna saciedad.”

Y los hijos de mi tierra fueron salvándose
ya que no hubo qué, ni quién,
los termine de aniquilar
y sus historias se mezclaron
con un destino inesperado
pues aquello que sus fe les deparaban
terminó por anunciarse
y por ejecutarse fatalmente.

Y la matriz de la tierra
siguió pariéndolos,
como gestos de negación,
como si cada tragedia no bastara
para atestiguar la propia barbarie
de los viejos hombres que cruzaron el mar,
imponiendo sus desesperanzas sangrientas
y sus insatisfacciones interminables.

Y cada hombre muerto de mi pueblo
se antojó semilla y vientre
y desde tal evidencia gesta y late
marcando los pulsos que daran ritmo
a la marcha de nuevos llantos
sobre la misma tierra que finalmente,
en algún tiempo sin mediaciones,
dará sus propios frutos,
para redimir la raza original.

Conmemoración 12 de Octubre

Memoria y vida

Archivado en: Relatos — Gustavo Camacho @ 11:10 am

     Sin hacer mucho caso de la convocatoria, la gente se movía como si una única voluntad las dirigiera, así como las marionetas de un enorme circo infantil, iban o venían pero siguiendo un compás, un guión, un único sentido. Feriantes, mercachifles, choripaneros, oportunistas, músicos, militantes políticos y otros como yo, solitarios involuntarios, se movían por el predio. La autonomía les bastaba para hablar de cosas que nadie podía escuchar, ni yo que los observaba podía elucidar algo más que el murmullo general.

     El lugar es agradable pero retiene el grito conmovido de algunos dolores indescifrables que ya no se escuchan, pero que vibran desde el suelo que a todos nos sostenía. Desde los pies de cada uno trepaba hasta la razón el eco de aquellos dolores que generaban las manos de la injusticia y la desidia enorme, de los verdugos autores de la década infame que no supimos evitar y que debemos disponernos a llevar como una marca imborrable, un estigma.

     Lo que nos sucedió como pueblo deberá ser parte de nuestras miserias, esas que debemos recordar a fuerza de la amenaza de una repetición.

     La noche, centelleaba el discurso de los oradores de turno y la tormenta cada vez con más ganas se acercaba para dejar su impronta vital en los cuerpos de todos. Mi ignorancia in vacua, no sabría elucidar si es verdad lo que cuenta la película que relata la fuga que se produjo en la Mansión Seré, cuando los sobrevivientes semidesnudos se escaparon bajo una lluvia torrencial. Qué mas da que sea verdad?. Lo cierto es que mientras rugía el León en el escenario invitándonos, desde el recuerdo de su historia personal y musical, a que no olvidásemos nada ni a nadie; comenzó a llover. La tormenta evidentemente no quería perderse el rugir de rey de éstas selvas y por sobre todo venía a terminar de ilustrar el dictado del recuerdo. Así fue, indiscutible, inmensa, inevitable. Se me antoja que esa lluvia cómplice, es la misma que arropó a aquellos jóvenes hombres que por la fuerza de la inocencia y las convicciones más profundas lograron burlar el destino volátil y violento que le imponían sus captores. Entonces muchos quizás, conscientes o inconscientes de la real convocatoria y de la lluvia torrencial, recuperaron su autonomía y comenzaron a fugarse también del lugar. León se negó hasta el final a renunciar y acallar su rugido y los cuerpos de los presentes empapados saltaban negándose a irse antes del último.

     Desde tiempos inmemoriales todos los hombres del mundo entendieron que la lluvia es el signo mas evidente de la vida y esta noche para mi fue así de concreta. A pesar de haberme quedado con ganas de más canciones de la conciencia, también me fugué de la Mansión Seré bajo la lluvia. Miré a cada uno que tuve alrededor y algo me dice que todos entendimos el mensaje sin la menor distorsión: “Memoria y vida”. Memoria de pueblo y vida inclaudicable.

     Aún llueve, aún no me he secado. Terminaré este relato de un momento a otro y me secaré antes de dormir con la grata convicción de haber aprendido hoy, algo importante: “Memoria y vida”.

Castelar, 25 de marzo de 2007.
Mansión Seré – Conmemoración del 31 aniversario del golpe de estado del 24-3-1976.

14/Octubre/2007

Ocho números

Archivado en: Poemas — Gustavo Camacho @ 12:14 am

La mayor parte de la mañana
desfiló ante sus ojos negros,
que miraban la lluvia arañar el cristal
y un viento maléfico
que soplaba fuerte y rápido
despeinando el paisaje del día.

Su máquina de escribir
estaba muda como una tumba
y el papel estaba blanco
como piel de vida ausente,
como el lomo de una nube
por el que se deja adivinar el sol.

Tenía que escribir unas palabras
que no encontraba oportunas
y que no dejaban ser escritas
con tinta de lluvia, ni detrás
de una ventana empañada de angustia,
ni encima de una verdad sin ánimo.

Se acercó al teléfono, marcó ocho números
se arrinconó sobre si misma
y dictó, a mi oído, su despedida,
luego cavó un pozo en la tierra blanda
donde enterró la hoja en blanco
y las palabras mudas de aquel octubre gris.

13/Octubre/2007

Naufragio

Archivado en: Poemas — Gustavo Camacho @ 11:16 pm

Navego mis dolores descarnados
capitaneando una nave de miserias,
que monta olas de rumores y cae
en un pozo y contra una espina de piedra tiesa.

No tengo el coraje de dormir
donde los vientos nocturnos silban
y donde mi alma se arrastra para ocupar
desganada, este corazón calamitoso e infame.

En los cajones del infortunio
yace el vestido perdido de la mujer
que debí haber amado, y que no recuerdo,
y un desierto arenoso y un destierro de ánimo.

La luz pudre el fruto de mis pasiones
embotellando las gotas del paisaje
de un cuerpo alejado de mi, muy alejado
por el que rompí un mapa de deseos y un silencio.

Se me antojó una mujer que gritó
lo que quería solo para y por si misma,
desde donde estaba esculpida en fracasos
y donde no supe llegar por ignorante y tonto.

No puedo culparla por completo,
culparla sería otra de mis mentiras,
otra dosis del veneno de las serpientes
que trazan huellas caprichosas en mi negación.

Debo irme a la lluvia, a la intemperie
que deshilará una desgracia de siempre
para tejer artesanalmente la comprensión
de otro merecido y provocado y esperado naufragio.

Crónica de ayer

Archivado en: Poemas — Gustavo Camacho @ 9:58 pm

Cansado ya del silencio superficial,
soportando pensamientos que
lo atormentaron y que nunca le pertenecieron,
se obligó a ejecutar tres disparos en su sien.

Ha intentado alcanzar una comprensión
a través del pensamiento ejercitado
sin lograr de ninguna forma
evitar sentirse parte de la miseria colectiva.

Lo que evitó ser se le escurrió por el ánimo
y las iras cotidianas accionaron sus dosis
de incontinencia y dudas y ataques
intencionados contra otras humanidades.

A su alrededor y aún más lejos
nada pudo ser modificado
y en las calles de cualquier vecindad
una sexagenaria asesinó a su sicario.
Al mismo tiempo, en un cyberkiosco,
un niño de diez años que jugaba al Counter Stryke como un poseso,
tuvo la última visión de su propia sangre
estallando en la pantalla del ordenador,
ya que doscientos pesos no fueron suficientes
para que siga con vida.

No tuvo oportunidad de salvación
y como todos, fue afectado por las bestias
más íntimas, esas que de un momento a otro dominan
por no creer en lo que debe inhibir el impulso.

La fe divina y la moral
con que procuró sosegarse
fueron tomadas por asalto por una verdad instintiva
que lo descubrió tal y como era: Igual a cualquier otro.

Una explosión de violencia latente
resonó en la habitación desamoblada
y en la vecindad de los sordos,
tras jalar el gatillo del primero de los tres disparos.
Luego, el mismo silencio superficial y definitivo.

9/Octubre/2007

Desolado

Archivado en: Poemas — Gustavo Camacho @ 9:26 am

Como un libro mojado
en los maderos de un banco mojado
de una plaza desarbolada y recién llovida.

Como la voz agitada
en el auricular de un teléfono público
al que alguien llamó demandando atención.

Como la pluma de paloma
en la alcantarilla de una boca de tormenta
a la que un taxi empuja con su turba hacia el vacío.

Como el carromato de circo
que quedó abandonado en un baldío
después de siete funciones en la ilusión de un niño.

Como el borracho dormido
en el portal de una tienda de frazadas
borracho por la condición de dormirse en alguna parte.

Como el sol de la mañana
que alumbra generoso la piel de una anciana
que ya no despertó abandonándose en su cama.

Si así me sintiera esta noche
estaría desolado como el cielo ennegrecido
al que la luna ausente abandonó sin despedidas.

8/Octubre/2007

Mejor ni hablar

Archivado en: Breves — Gustavo Camacho @ 10:46 pm


- Te vi así y allí y no me atreví a acercarme, sólo porque no llevaba suficiente dinero y porque quizás no querrías hablar conmigo de lo que te sucedía. Ahora aquí te escribo para ver si logro borrarme esta visión que no me permite dormir. Borrar también este deseo irrefrenable por tus piernas.

3/Octubre/2007

Como cada día

Archivado en: Poemas — Gustavo Camacho @ 4:11 pm

Mezclado en un mazo de cartas de palos por la espalda, me arrincono en un cono donde no pululan moscas como ángeles. Los restos de sal en un paquete de snack y la cerveza caliente, me recuerdan que me he quedado dormido en las vísperas de una borrachera precoz. Probablemente he muerto ya hace algún tiempo y estoy, ahora mismo, resucitándome con la tozudez que adquirí a fuerza de tragarme los caprichos que no hallaban a quién incomodar.

Tras la pared los albañiles insisten en romper a martillazos, la obra de días anteriores, en un afán de no superación, que me destroza los nervios y me empuja en puteadas por la ventana de mi cabecera, suicidándome contra el asfalto de la cara ignorante de quién no comprende mi intención, ni mi reclamo, ni la ira ferina que me controla por haberme despertado con casi una hora menos de descanso y una hora mas de sol, que me perfora los ojos.

La sensación que me produce encontrarme con mi perro, que jamás atina a devorarme la mano con que lo aparto camino al baño, me dispara sobre incongruencias inhumanas que se disipan con el agua fría que nunca acierto en llevar a mi cara sin salpicarme. Pero luego, como un autómata, sí acierto en sentarme a la mesa con un café con leche, demasiado caliente para mi paciencia. La misma mesa donde la cerveza sin espuma, convive con todo aquello que toma posesión de uno, cuando no se tiene porqué o por quién demostrar que se es capaz de un orden que garantice las inspiraciones que anteanoche se recitaron contra el oído de quién, por capacidad o por alguna razón inestimable, nos apruebe de una buena vez.

Oportunamente me hecho a rodar sobre el puñado de segundos en el que perduran mis melancolías y reconociéndome en el idiota que pude ser ayer, me aferro a la obligación de tener que ir a trabajar para bajar al mundo que desde mi ventana sabe a todo aquello tan exótico que puedo concebir y a lo que afanosamente no lograré pertenecer, como cada día.

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