Su tapado rojo de nervios,
la distinguía en el atiborrado
escenario del bar el sábado
a las cinco de la tarde.
Adiviné que me diría:
“-Sinceramente no me gusta sincerarme…”
Luego, ya no habría de escuchar
sus palabras sin garantías.
Decidí marcharme antes que sus ojos
distinguieran mi mejor camisa.
Luego, no he vuelto a verla.
Luego de estas palabras,
dejaré de recordarla.
Al menos es
lo que presiento.
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Una anciana con su perra vida, entiende de una sola vez a la vez que sobre el armario del desconsuelo sólo reposan las miradas ciegas de un pasado que no vuelve al evocarlo por capricho y antojo o al retenerlo en la insana cobardía o en la negación de aquel portazo que aún retumba en sus oídos taponados por la dejadez.
Entonces toma un crucigrama y su sombrero de verano. Pone a la perra su correa y va caminado sin atajos hasta la plaza. Allí en la plaza, se sienta frente a mi en el banco gris y desvergonzada me muestra su entrepierna.
Desorientado pero animado pienso en que tengo una nueva razón, para ir hasta el bar a tomar una cerveza y para postergar el argumento de mis quejas. |
Y sobre el día de los días,
los minutos se arrastran hasta caer
mustios y disipados,
sobre los adoquines de hielo
de una calle que se inclina insolente.
Hacia los costados empinados
y por donde se despeñan transeúntes
se escurren las laderas mugrosas
de un precipicio sin vértigo.
Alguien de traje azul, se acuclilla.
Arranca un adoquín con sus manos
y lo arroja contra la vidriera.
Algunos se incorporan y roban
los maniquíes y sus ropas.
Otros roban un lavapies automático.
Otros un televisor para ciegos
o para sordos o para mudos.
Luego, todo se derrumba
y el destino inevitable
ya no tiene futuro.
…y el destino inevitable
ya no tiene futuro.
…y el destino ya no tiene futuro.
Hoy mi hija me despertó
con el desayuno preparado,
con una polera de regalo,
con una carta sentida.
Hoy mi hija me ha deseado
un Feliz día del Padre
y me ha dicho:
“-Papá, me caes bien…
si no fueras mi papá,
me gustaría que lo fueras.”
Hoy mi hija me ha hecho feliz.
Hoy festejo el décimo día del padre
y tengo la entera sensación
de estar haciéndolo bien.
Hoy es un día especial.
Ya las estridencias del abrazo, habían superado el encuentro
y tenuemente el agobio comía la prisa de mi paciencia.
El color traslúcido del esperarla relativizaba su voz
y el eco de sus anécdotas rebotaba lejos de mis oídos.
Quien había partido no había vuelto al andén.
Las ratas disfrazadas de palomas engullían las migajas
de nuestros pasos cruzando en diagonal la plaza.
De su mano la noche comenzaba a ser noche al fin
y en principio debía hallar sutilmente un adiós irrevocable.
Al sol le pesará el atardecer
y como un anciano se recostará
sobre el ocaso del día o la vida.
Los árboles agitados apenas
por un viento algo díscolo
interrumpirán la vasta quietud.
Desde mi ventana apreciaré
la polvareda que te empujará
hacia mi lugar, a veces recóndito.
En mi mesa, el banquete
que sacrificado en tu boca
se desarmará poco a poco.
En la pared un reloj sin pilas
marcará la hora exacta
sólo una vez, esa vez, al día.
En mi cuarto la cama tendida
y en mi mente la expectativa
de tus pies fríos buscando los míos…
también fríos.

Quizás toda la sensibilidad
o toda la inteligencia
no me alcancen.
Quizás todo el amor del mundo
o todas las atenciones
no me alcancen.
Quizás toda la sana intención
o todas las torpezas
no me alcancen.
Quizás toda la sabiduría
o todas las omisiones
no me alcancen.
Para decirte todo y cada cosa,
para devolverte un poco, no más,
de lo que recibo de tu vida.
Esta es mi mejor sonrisa
que es tuya por que por vos nace.
Este es mi mejor abrazo
que es tuyo porque aún te abarca.
Este es mi mejor latido
que es tuyo porque por vos sucede.
Esta es mi mejor palabra
que es tuya porque por vos se eleva.
Diez años hija mía.
¡Diez años!
De este amor que recién comienza
y cumple hoy mismo ¡diez años!.

Llegará en su bicicleta,
tras quinientas vueltas de pedal,
más o menos.
La encadenará a la reja,
si piensa quedarse
más de un rato.
Estirará la falda y las mangas
del vestido y el pelo
recién lavado.
Sacará de su bolso
el paquete de delicias
y lo pondrá en su palma.
Tocará en el planta baja “D”
anunciando su sorpresa
y sonreirá anticipada.
En el largo pasillo
sonreiré con mis labios
abarrotados de besos.
Le abriré la puerta,
contento como un niño
vestido de domingo,
y le diré:
- Hola linda, no te esperaba!.

Y en la mesa vacía
una convicción de falso profeta.
Y en la silla contigua
mi bolsa de huesos desarticulados.
Y en el vaso de vino
agua salada de instados instintos.
Y en la ventana constante
un paisaje que muta y muta e inmuta.
Y en la pared de celos
la inefable conducta del desdén.
Y en la biblioteca cansada
respuestas a preguntas que no pienso.
Y en la puerta divisoria
una espera que no sucede por algo.
Y en la cama destramada
un ardid invasivo bajo la almohada.
Y en el ambiente pagano
el tiempo pasa con sombrero sin sombras.
Y en el fuego crepitante
arden utopías y versos y visiones.
Y en el humo que respiro
la insana conciencia de un desmayo.
Y en la bruma callejera
mi bicicleta se empeña en ir hacia ella.
Desnudo.
Desprovisto del traje azul
de las certidumbres acaecidas,
me rehusaré al silente desgaste del mar,
a la luz improbable y siniestra de la carretera
y al descanso oscuro.
Solo.
Saldré a perderme por las calles
de su airada y aislada geografía decorosa,
no cosecharé más que sudor de cerdos
en el estupor de sus caras omisiones
y en la abrumadora inconsciencia
de sus indeseados besos.
Mudo.
Olvidaré la luna de papel
en un cielo sin preámbulos ni tormentas
y la oscura o profunda noche sin galas
se derramará en mi mesa desvencijada
manchando las hojas de mi cuaderno,
mancillando con horror las letras
y acuñando en ciernes las malditas
piezas del insomnio.
Desvelado.
No hallaré la mítica paz
en lo que reste de aquel o aquellos días,
ni en la prensa de la mañana perdida;
ni en la mano de las uñas que me peinen.
Únicamente un remanso ciego de ruidos
que omitirá por ausente, la forma del deseo,
la mitigada frecuencia obscena
y la piel estremecida o dura
de mi cuerpo en frío.
Desnudo.